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En el cielo de Madrid sólo se ve una estrella averiada.

agosto 2, 2008

 

Habían recorrido medio Madrid caminando bajo el implacable sol estival. Habían descansado entre dos serios reyes godos. La noche se cernía sobre la ciudad de cemento, metal y luces 

-¿Dónde cenaremos?

-He reservado mesa en el restaurante más lujoso de Madrid.- le dijo él, con una sonrisa traviesa, mientras caminaban enlazados por la plaza de España.

Entraron en el edificio con expresión angelical en los rostros y saludaron al guarda como si se lo encontraran todos los días. Se besaron hasta el piso diecisiete, y se deslizaron por la escalera de incendios. Ella reía, nerviosa, recogiendo con delicadeza el ruedo de su falda de princesita de ciudad, mientras bajaban como felinos los escalones de hierro.

-Hemos llegado. Y mira, tenemos sitio para elegir.

Se asomaron a la cornisa. Desde allí, la Gran Vía hormigueaba de gente, risas, música y carteles de neón que se hacían casi irreales.

Se sentaron con las piernas cruzadas en el suelo de la azotea acompañados del zumbido leve de la maquinaria insomne, disfrutando de la leve brisa nocturna que apresada por el asfalto no llegaba a las calles, y entre risas, comieron tallarines con palillos chinos que él le enseñó a manejar.  Viajaron a Sanghai con billete de turista, la mirada del otro, el reflejo de las luces azules de los carteles en idiomas desconocidos. El cielo naranja de Madrid. Luna llena y sólo una estrella entre las nubes y la espesa capa de humo y ruido. El sabor a sal de sus labios. Los abrazos, muchos pisos por encima de la gente, de los coches, del asfalto, de todo, y él que prefería mirarla a ella antes que al imponente paisaje urbano de la bulliciosa metrópolis que se rendía a sus pies. La brisa estival jugando con la cinta granate de su sombrero  que resaltaba en una figura de película en blanco y negro.

-Te quiero- le dijo él casi en un susurro. No voy a saber jamás lo que piensa de verdad, tiene gracia, que haya pasado de la estabilidad, la rutina y la convención a besar  a una gata esquiva que nunca me dice lo que piensa de mí.

Tiene gracia, pensó ella, que yo, que juego con las palabras, no pueda ponérselas a esto. Cerró su mano, en cuya palma él había trazado una línea a tinta cuando ella le había mirado a los ojos mientras sonaba aquella canción, querrás tu rectificar… Miró por última vez hacia la calle y se secó una lágrima inexistente.

Cuando bajaron a tierra, encontraron el avión de papel que habían lanzado juntos desde la azotea, cruzado de palabras sueltas en un idioma que sólo ellos entendían. Se miraron con un destello de complicidad infantil en los ojos.

 

Si supieran…

Pero en Madrid, salvo los turistas, nadie mira hacia arriba. Sólo algún que otro soñador despistado.

 

 

Maquinado por Rosalía R. una noche cualquiera. Publicado por primera vez en mi blog:

http://lareinadeladisculpa.blogspot.com/

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Noche sin luna

mayo 3, 2008

 

  – Otra vez. Otra vez, niña, que creías haber escapado, que creías tener alguna oportunidad de cambiar tu circunstancia. Ilusa. Sueña inútilmente con volar, volar lejos de la desidia. Qué quieres que te diga, te lo tienes merecido. Por intentarlo. Por querer cambiar de vida. No te das cuenta, niña insolente, de que estás unida a mí. No te das cuenta de que no puedes escapar, que no puedes aspirar a más… más te valía no haberlo pretendido. Sigue perdiendo el tiempo como hasta ahora. Deja que se te escape, que al fin y al cabo, es lo mejor que sabes hacer.

 

Otra vez, te habías olvidado de mí.

 

 

La puta de tu circunstancia.

 

Esta noche, no hay Luna.

Ódiame

abril 13, 2008

 

Ódiame por ser gata y por ser luna. Por dejar libres todas las palabras excepto cuando realmente se necesitan (ladea la cabeza y calla, sonrisa cínica). Ódiame, porque soy poco fiable y no llevo a buen destino. Voluble, cambiante. Será que aún no es plenilunio.

 

Ódiame, pero susúrrame en francés y dibújame a tinta un haiku en la piel.

 

¿Lo ves?

 

 

Tecleado por una Luna entre sombras demasiado cansada como para pensar. Aún está en cuarto creciente.

Dime

abril 1, 2008

Dime, artista, ¿qué piensas de las mariposas con sombrero?

Qué piensas de los gatos, de la lluvia en la cara y las estrellas prendidas en la ropa.

Y dime, ¿quién sabe leer los posos del café? ¿Quién usa, hoy, terrones de azúcar para endulzarse la vida?

Vacío, y Demóstenes frente al mar embravecido, sus palabras contra el viento y el agua. Así, también se puede leer a Murakami. Aunque luego me llamarás aburrida porque nunca aprendí a bailar.

Rosalía R.

And all that jazz

marzo 26, 2008

Brillante. Resplandece con las luces tenues del local casi vacío. En él, yace encerrada la belleza.

Pasos sobre la madera. Tic, tac. Zapatos pequeños para pies de niña. No tengas miedo, que te voy a tratar bien. Tic, tac. Mis dedos son delicados, ¿los ves? No te harán daño.

Chirría la tapa al abrirse, quejido de miedo y pereza.

Demasiado tiempo, ¿verdad? Mira, casi has olvidado lo que eres. Tranquilo… soy una mujer, ¿lo ves? ¿Que qué busco? Busco el placer de tu sonrisa, el arte, el sueño. Despacio…

Nota a nota, va sucediendo, sin prisa, la maravilla.

Tac, tac, tac. Tres por cuatro, eso está mejor. Ahora es más fácil, ¿lo ves? Te vas acostumbrando a mí y a mis dedos. Me pregunto… me pregunto qué guardarás ahí dentro. Es curioso, ¿verdad? Porque sé cómo funcionas. La, mi, la. Cuerdas percutidas. Pedales. Miii…

Se pierde el sonido en la noche.

No has dado lo mejor de ti. Y yo tampoco, lo sé. ¿Preparado? Pues…

Ella respira hondo y el cuerpo se tensa.

Vamos allá.

No es algo que se pueda escribir en un pentagrama. Fluye solo.

Suéltate, ¡que ya no te domino!

Corren los dedos, golpean, caminan, se enfadan. Acarician. Música improvisada. Como el amor. Música de jazz. Mmmm.

Acorde final, cabello que se agita. Y calma tras la tormenta.

  

Nos volveremos a ver. Me gustas. Un guiño.

Los pasos se alejan, tic, tac, en la noche tranquila. Las luces se apagan y a lo lejos, maúlla un gato.

   

… Y todo ese jazz.

Por Rosalía R.

La niña

marzo 25, 2008

Fue una pregunta, una simple pregunta, cuando los seis de la familia estaban sentados a la mesa de un restaurante italiano en el centro de Madrid. La maître preguntó amablemente a los adultos si deseaban algo más, y así lo hizo con la joven vestida de negro. La niña que presidía la mesa con aquellos ojos inquietos interrumpió extrañada, frunciendo levemente el ceño como cuando algo no acaba de encajar.

-¿Por qué la tratas de usted?

No, no lo entendía, no podía comprender aquello.

“¡Si es una niña!” añadió aún, una protesta ante lo que ella veía tan evidente y que los demás pasaban por alto.

Es mayor de edad, le sonrió su madre, como si eso lo aclarara todo. Pero la niña negaba con la mirada, no puede ser, no es así, siempre lo ha sido.

La joven sonrió a la niña. No sabes la razón que tienes, pensaba. No sabes la razón que tienes, mi pequeña y sincera Alicia. Nos creemos adultos, pero siempre estamos buscando, descubriendo, y nunca dejaremos de maravillarnos. Sí, preciosa, soy una niña, aunque a veces piense que no, el gran error que siempre se comete. No, no sabes la razón que tienes. O quizá sí.

 

En algunos momentos, soy una enterrada en vida. Me llamaron Rosalía, otros me llaman Camille. Voluble y cambiante como un gato, o como la misma luna. Curiosamente, ayer abrí un libro cualquiera de los muchos que pueblan mi humilde santuario. Me encontré con esta frase:

“La Luna es hermosa, sí. […] Pero poco fiable como guía. Todo viajero sabe que las estrellas son la luz que lleva a buen destino.”

 Ya saben, el destino es incierto. Las palabras son engañosas y hay que tener cuidado con ellas. Juguemos con fuego. Y disfruten el viaje. A veces, tiene su encanto. Pero no olviden mirar a las estrellas.