Brillante. Resplandece con las luces tenues del local casi vacío. En él, yace encerrada la belleza.
Pasos sobre la madera. Tic, tac. Zapatos pequeños para pies de niña. No tengas miedo, que te voy a tratar bien. Tic, tac. Mis dedos son delicados, ¿los ves? No te harán daño.
Chirría la tapa al abrirse, quejido de miedo y pereza.
Demasiado tiempo, ¿verdad? Mira, casi has olvidado lo que eres. Tranquilo… soy una mujer, ¿lo ves? ¿Que qué busco? Busco el placer de tu sonrisa, el arte, el sueño. Despacio…
Nota a nota, va sucediendo, sin prisa, la maravilla.
Tac, tac, tac. Tres por cuatro, eso está mejor. Ahora es más fácil, ¿lo ves? Te vas acostumbrando a mí y a mis dedos. Me pregunto… me pregunto qué guardarás ahí dentro. Es curioso, ¿verdad? Porque sé cómo funcionas. La, mi, la. Cuerdas percutidas. Pedales. Miii…
Se pierde el sonido en la noche.
No has dado lo mejor de ti. Y yo tampoco, lo sé. ¿Preparado? Pues…
Ella respira hondo y el cuerpo se tensa.
Vamos allá.
No es algo que se pueda escribir en un pentagrama. Fluye solo.
Suéltate, ¡que ya no te domino!
Corren los dedos, golpean, caminan, se enfadan. Acarician. Música improvisada. Como el amor. Música de jazz. Mmmm.
Acorde final, cabello que se agita. Y calma tras la tormenta.
Nos volveremos a ver. Me gustas. Un guiño.
Los pasos se alejan, tic, tac, en la noche tranquila. Las luces se apagan y a lo lejos, maúlla un gato.
… Y todo ese jazz.
Por Rosalía R.